Se plantó en la puerta del salón, aparentemente ajena al hecho de su reciente fallecimiento, y contempló la reunión familiar, un tanto extrañada por la presencia de Ramiro, que hacía tiempo no se trataba con la familia.
Liath
Se plantó en la puerta del salón, aparentemente ajena al hecho de su reciente fallecimiento, y contempló la reunión familiar, un tanto extrañada por la presencia de Ramiro, que hacía tiempo no se trataba con la familia.
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El animal observaba a los dos hombres que discutían.
¿Por qué aquella extraña especie no podía permanecer en silencio y disfrutar del lugar en el que estaban?
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Calibró los instrumentos y se aseguró de que todo estuviera preparado para la ceremonia de bienvenida a la nueva bruja.
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Ahí estaba el camino.
Ansiaba llegar a la cima, pero temía recorrer el camino...
Allí fue donde Marcos perdió pie y les dejó para siempre.
A la luz de la luna, solo unos pocos afortunados -aquellos de mente clara y ojos inocentes-, pudieron ver como las hadas jugaban entre las flores.
Allí estaba, mendigando un poco de caso a su atareado asistente.
Todo el éxito y el dinero conseguidos le habían proporcionado, únicamente, una inmensa mesa vacía de gente y de cariño.
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El viaje fue largo, intenso, extraño...
Pero el reencuentro con Pedro hizo que todo fuera como un mal sueño.
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Su intención era cazar el mejor y más grande ejemplar.
Pero cuando vio al imponente macho en el claro, mirándole fijamente, fue incapaz de disparar.
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Hasta el propio rey acudió, entre furioso y curioso, a conocer al hombre que peleaba por su única familia: los animales que él pretendía exterminar.
Sonrió satisfecha.
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Tras un tiempo sin verse, creía que ella había olvidado aquellos sentimientos que comenzaran a florecer entre ellos.
Pero vio el colgante con su inicial y sonrió.
Era entendible que lo denominaran "rey".
El animal tenía un porte majestuoso y místico, más como una especie de dios que algo de este mundo.
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Allí estaba el dichoso bicho, zampándose su dulce.
Cerca, pero no mucho. Hasta parecía mirarle de reojo, burlón, invitándole a recuperar el delicioso bocado.
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Con la meditación aprendió, sobre todo, a alejar lo que la dañaba y hacía que antes se encontrara tan mal.
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En su afán por olvidar, iba directo al abismo.
Por fortuna para él, tenía a alguien que velaba por él y jamás le dejó caer.
Con suma delicadeza, como si se tratara de un familiar muy querido y especialmente sensible, Mara limpió la planta y la preparó para resistir la nueva estación.
Lugares, olores, rostros, fiestas... todo desfilaba por su mente haciéndole sonreír como el niño que fue.
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Hoy no os traigo cuento.
Os dejo el enlace a este vídeo maravilloso de @entelekiafilosofik
https://www.instagram.com/p/DVnlEjmiKw8/
Era su noche de bodas.
Cuando los invitados se fueron a dormir, por fin, fueron al bosque a brindar con la Luna por su matrimonio.
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El pececito lo miraba desde su reducido mundo de cristal y, de pronto, se sintió culpable de tenerlo allí y quiso liberarlo.
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Fue un sueño extraño, lúcido como pocos y muy hermoso.
Lo mejor fue que, al despertar, hojas de un árbol, su árbol, descansaban sobre la cama.
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A cambio del cuento, Jaime dio una moneda a su padre.
Éste se aseguró, como cada noche, de que el pequeño dormía, para introducir la moneda en la hucha.
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El pato seguía su rutina y nadaba plácidamente, ajeno a la ausencia de Miguel y sin que le importara lo más mínimo.
¿Por qué habría de hacerlo? Para él sería tan sólo un humano más...
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Allí seguía el inmenso árbol, más majestuoso, le parecía, que antaño.
Y de una de sus ramas, la cinta de Laura.
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